Lectura del texto
3 Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, 4 el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que también nosotros podamos consolar a los que están en cualquier aflicción, dándoles el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios. 5 Porque así como los sufrimientos de Cristo son nuestros en abundancia, así también abunda nuestro consuelo por medio de Cristo. 6 Pero si somos atribulados, es para el consuelo y salvación de ustedes; o si somos consolados, es para consuelo de ustedes, que obra al soportar las mismas aflicciones que nosotros también sufrimos. 7 Y nuestra esperanza respecto de ustedes está firmemente establecida, sabiendo que como son copartícipes de los sufrimientos, así también lo son de la consolación. 8 Porque no queremos que ignoren, hermanos, acerca de nuestra aflicción sufrida en Asia. Porque fuimos abrumados sobremanera, más allá de nuestras fuerzas, de modo que hasta perdimos la esperanza de salir con vida. 9 De hecho, dentro de nosotros mismos ya teníamos la sentencia de muerte, a fin de que no confiáramos en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos, 10 el cual nos libró de tan gran peligro de muerte y nos librará, y en quien hemos puesto nuestra esperanza de que Él aún nos ha de librar.
Oración inicial
Señor, me pongo en tus manos como un hombre que en primer lugar necesita de tu palabra. Te suplico, Señor, que por tu gracia me des la dirección de tu Espíritu, para que sea tu palabra dirigida por tu Espíritu la que hable hoy a tu pueblo, y produzcas el fruto que de antemano tú has determinado en nuestros corazones. Te lo pido, Señor, en el nombre de Jesús.
Introducción
Conocer datos sobre alguien no es conocerlo
Hermanos, ahorita tenemos la fiebre del Mundial. ¿Cuántos vieron los partidos ayer? El día de ayer fue un poco triste para algunos, porque descalificaron al que era favorito, Haaland. ¿Alguien sabe cuánto mide? ¿Alguien sabe cuántos goles ha metido? Nueve. Excelente, excelente.
¿Sabes por qué estoy preguntando esto? Porque hay personas que podrían hablar una hora entera de estos personajes —ya sea un futbolista, un cantante, un actor— y te saben toda su biografía: cuánto mide, cuántos goles ha metido, o de un artista cuántas veces se casó, si se divorció, con quién salió. Incluso sabes de predicadores que hay gente que sabe cuántos libros escribió, en qué año se convirtió, etcétera. Y no es que esté mal, pero hay una distancia muy grande entre saber información acerca de una persona y conocer a esa persona. ¿Estás de acuerdo conmigo?
El problema, hermanos, es que eso mismo nos puede pasar con Dios. Podemos saber exactamente muchas cosas acerca de Dios, podemos haber leído muchos libros acerca de Dios, venir a una iglesia donde se habla de Él todos los domingos. Es más, puedes leer tu Biblia todos los días, incluso servir, cantar o predicar, y tener mucha información de Dios sin conocerlo personalmente.
El pasaje que leímos nos habla del Dios de toda consolación, y ese es un aspecto del carácter de Dios que necesitamos conocer —no solo saber que existe, sino conocerlo como el Dios que consuela. Hoy vamos a hablar precisamente de la consolación. Pero ¿en qué momentos podemos aprender que Dios es el Dios de toda consolación? Se oye muy bonito —el hermano Franco lo leyó hace un momento en Reina Valera, y ese pasaje en Reina Valera suena casi como poesía— pero queremos algo más que saber que Dios es el Dios de toda consolación: queremos experimentarlo.
Y si pusiste atención al pasaje, a Pablo le tocó experimentarlo en medio de una gran aflicción, que leímos a partir del versículo 8. La manera en que podemos conocer a Dios como el Dios de toda consolación es esta: Dios usa las aflicciones en nuestra vida para que lo conozcamos como el Dios de toda consolación.
La consolación como fruto que debemos desarrollar
Antes de arrancar con el pasaje, déjame recordarte lo que estamos haciendo: estamos analizando virtudes que debemos desarrollar como iglesia. Hemos hablado del amor, de la humildad, de la gratitud. Si nosotros tenemos el evangelio y creemos en el evangelio, lo que debe ocurrir es que el evangelio inevitablemente dé fruto —el Señor lo dijo, todo árbol bueno.
Afuera de mi casa, en unas áreas verdes, hace unos días quedó mucho frijol regado —no sé qué pasó, me imagino que fue un niño. Pasé y vi el frijol; antier volví a pasar y vi que las semillas ya estaban brotando, no todas, porque a unas se las llevó el agua y a otras me imagino que se las comieron los animalitos. Pero es inevitable: cuando hay una buena semilla, va a producir fruto. El evangelio es igual: si estamos arraigados en él, si Cristo es de verdad nuestro salvador y nuestro Señor, eso tiene que dar evidencias en nuestra vida. Y la consolación es algo que queremos desarrollar como iglesia —ser una iglesia donde, como acabamos de leer, también nos consolamos unos a otros. Pero para poder hacerlo, primero necesitamos conocer que toda consolación viene de Dios.
Presentación del sermón
El día de hoy este sermón se llama El Dios de toda consolación, y vamos a ver tres puntos: primero, la consolación de Dios; segundo, se conoce en la aflicción; y con eso podemos tener certeza.
I. La consolación de Dios (vv. 3-5)
A. La alabanza de Pablo
Quiero que me acompañes de nuevo al versículo 3, y quiero que observes cómo empieza este pasaje. Pablo no empieza esta carta como otras epístolas: en Romanos, por ejemplo, empieza con un argumento, con una declaración; en otros pasajes empieza dando gracias a Dios por los hermanos. Pero aquí, inmediatamente después de saludar a la iglesia, lo que hace Pablo es alabar a Dios: “Bendito sea el Dios…”
Para que me entiendas, déjame ilustrarlo así: ¿te has dado cuenta de que hay personas que tienen un estilo con el que empiezan sus oraciones? Hay hermanos que el noventa por ciento de las veces que oran dicen “nuestro buen Dios y salvador” —ojo, no estoy criticando, no es que esté mal, pero hay un estilo. Yo he identificado que algunas mujeres de la iglesia dicen “Dios bueno y santo”, y no sé de dónde salió, pero son varias las que empiezan sus oraciones así.
Te menciono esto porque la manera en que Pablo empieza era muy característica: era la manera en que los judíos, en las sinagogas, empezaban sus oraciones. Y aquí déjame meter un dato entre paréntesis: estoy convencido de que deberíamos cambiar nuestro estilo de orar —lo hemos hablado en otros momentos, solo lo menciono de pasada—, porque normalmente oramos así: “nuestro buen Dios y salvador”, “Señor, Padre nuestro que estás en los cielos”, una frasecita, y de ahí empezamos a pedir. Nuestras oraciones deberían estar centradas en Dios. ¿Has conocido a alguien que solo quiere hablar de sí mismo? ¿Cómo te caen esas personas? Llega un punto donde dices “bueno, sí, eso ya lo sé, ya me lo contaste diez veces.” Y a veces nos presentamos así ante Dios. Nuestras oraciones tienen que estar centradas en Él, y eso es justo lo que Pablo está haciendo aquí, imitando el modelo de oración judío: “bendito sea el Dios…” y luego empezaban a alabarlo.
Ahora, lo interesante es que Pablo le da un enfoque totalmente trinitario, a diferencia de los judíos, que solo creen que existe un único Dios y que no tiene Hijo. Mira lo que dice: “bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo.” Ya no nos habla del Dios no conocido, de un Dios que habita en luz inaccesible, a quien nadie ha visto jamás según Juan 1:18; nos habla de un Dios que se hizo carne en la persona de Jesús y habitó entre nosotros, a quien sí podemos conocer.
Y fíjate lo importante que es que Pablo empiece esta epístola alabando a Dios, sabiendo lo que leímos en el versículo 8: cuando escribe esto, Pablo acaba de salir de una crisis. No sabemos exactamente qué problema fue, pero él mismo dice que estaba seguro de que iba a perder la vida. Y después de ese momento de dolor y de aflicción —quizás de enfermedad, quizás de persecución— lo que hace Pablo no es quejarse, no es autocompadecerse, no es aprovechar la oportunidad para decir “oigan, corintios, ustedes tienen recursos, ayúdenme.” Lo que hace es alabar a Dios. Y eso solamente es posible cuando conocemos que Dios es el Dios de toda consolación y cuando somos consolados por Él.
Déjame preguntarte algo: nosotros debemos desarrollar una actitud de consolación en la iglesia, pero sin duda te ha pasado que estás atravesando una situación difícil y quisieras que alguien se acercara, te diera una palabra de aliento, te pusiera la mano, y justo es el domingo en que nadie te saludó —o al menos así lo percibiste. ¿Te ha pasado? A mí me ha pasado: domingos en que me siento terrible, y aunque yo sí saludo a muchos, a veces nadie me pregunta “oye, ¿tú cómo estás?” Sin duda a ti también te ha pasado un momento donde estás luchando y quisieras que alguien te dijera “hermano, te amamos en Cristo”, y ni un mensaje llega. No sabemos exactamente qué le pasó a Pablo, pero lo importante es que él encontró su consuelo en Dios mismo, en Cristo mismo.
B. Padre de misericordias
Sigamos en el versículo 3. Quiero que observes cómo llama Pablo al Señor: “bendito sea el Dios” y, como Padre, “Padre de…” Es interesante que no dice “Padre de misericordia” en singular, sino “Padre de misericordias”, en plural. ¿Te acuerdas del Salmo 51, donde David está pidiendo perdón y le dice a Dios “conforme a lo inmenso de tu compasión”?
La palabra que usa Pablo aquí para “misericordia” es una palabra muy profunda, que tiene que ver con una disposición del corazón —no un sentimiento, una disposición del corazón de Dios— para cuidar tiernamente y sostener a quienes están en angustia.
Déjame darte un ejemplo un poco absurdo: mi esposa tiene una inclinación por ayudar a ciertas personas en ciertas necesidades, y cuando vemos algo así, yo ya sé lo que me va a decir: “vamos a ayudarlo.” Y hay veces que yo digo “no, él puede solo, no vamos a ayudarlo.” ¿Has conocido personas así? Así está inclinado el corazón de Dios: inclinado para cuidar tiernamente y sostener con poder a sus hijos que están atravesando angustias. Lo que nos dice este pasaje es que eso es algo propio del carácter de Dios: hay una determinación en su corazón por cuidar, sostener, proteger, amar y bendecir a quienes están pasando angustia.
Y esta expresión, “Padre de”, cuando se utiliza así, nos habla de una característica propia de Dios —lo que lo caracteriza en su rol como Padre. ¿No conoces a personas de quienes ya sabes cómo van a reaccionar? Si estás casado, sabes de qué hablo. Déjame contarte algo que nos pasó ayer: hubo unos pambazos aquí, buenísimos, todos los alabaron. Yo había ido por mi esposa, ya había estado aquí todo el día, y le había pedido que trajera mayonesa. Cuando entro a la casa por ella y por otras cosas que necesitábamos, las echo en la cajuela y nos venimos. A media cuadra, mi esposa me pregunta —no me acuerdo exactamente cómo— “¿por qué no estás enojado? ¿La echaste, verdad?” Le digo: “¿por qué dices que la eché?” “Porque si no, ya estarías enojado de que no traje la mayonesa.” Y le dije: “sí, sí la eché, ahí viene en la cajuela.” ¡Qué tremendo que hay personas de quienes ya sabes cómo van a reaccionar! Esto es lo que nos dice el texto: tú ya sabes cómo va a reaccionar Dios cuando sus hijos están en aflicción, porque es Padre de misericordias, es su característica. Él tiene un deseo, una disposición en su corazón: cuando ve a uno de sus hijos en aflicción, él lo cuida, lo sostiene, lo protege.
C. Dios de toda consolación
Ahora observa el otro título que le da Pablo a Dios en el mismo versículo: “Dios de toda consolación” —“toda”, sin excepción. Es la misma expresión: una característica de Dios es que Dios consuela a sus hijos. Y observa que dice “toda”: no hay excepción, no hay categoría, no hay dolor ni tristeza donde Dios diga “a él no lo voy a consolar.” Absolutamente toda.
Sin duda has escuchado esta palabra, “consolación”, en otros lugares —por ejemplo en Juan 14, cuando el Señor habla del Consolador y nos presenta al Espíritu Santo. Es muy interesante que es el mismo término que en 1 de Juan se usa para hablar de Jesús como el Abogado que tenemos para con el Padre —la misma palabra en el idioma original. Literalmente, lo que significa es “llamar a alguien para que esté a tu lado.” Eso es un consolador: cuando estás en una aflicción, llamas a alguien para que esté a tu lado y te dé el tipo de ayuda que necesitas. Si estás en una tristeza personal, quieres a un amigo; si estás en un problema legal, quieres a un abogado; si estás enfermo, a un médico; si tienes goteras en tu casa, a alguien que sepa arreglar goteras. Cuando nos habla de consolación, literalmente es que alguien esté a tu lado, y eso nos habla de la presencia de Dios: esa es la consolación.
A mí me pasa muy seguido —y a lo mejor a ti también— que estoy con alguien que está sufriendo y no sé ni qué decirle. A veces, cuando hago algo, en vez de ayudar lo empeoro. Alguien se cae y yo lo quiero levantar y me dice “no, no me toques.” Aquí lo tremendo de Dios es que es todo lo contrario: Él sabe precisamente lo que necesitan sus hijos y está a nuestro lado, nos da su presencia. Recuerda lo que Moisés le pedía al Señor en el desierto: “que tu presencia nos acompañe; si tú no vas con nosotros, nosotros no queremos ir.” Moisés no era tonto: sabía que si la presencia de Dios estaba con ellos y tenían hambre, llovía pan del cielo, y si tenían sed, brotaba agua de la roca. Moisés sabía que lo que más necesitaba el pueblo era que Dios estuviera con ellos. Es lo que Dios nos dice en los momentos de aflicción: Él está a nuestro lado y nos da justamente lo que necesitamos.
Un dato interesante: estos son diez versículos, y la palabra consolación o sus derivados aparece diez veces. Es como si Dios agarrara un martillo: “por si no te entra, te lo voy a clavar bien: yo soy el Dios de toda consolación, yo te consuelo con toda consolación.”
Ahora observa el versículo 4: ¿en qué momento necesitas consolación? ¿Cuando te acaban de pagar un bono inesperado, cuando tienes toda la salud del mundo? Mira lo que dice: “el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones.” Esta palabra, “tribulación”, literalmente significa apachurrar, presionar algo hasta exprimirlo. No es que Pablo esté teniendo un mal día —eso no es tribulación, eso es una incomodidad. Si estoy cansado, si me duelen los pies después de trabajar todo el día, eso es una incomodidad; si tengo gripa varios días, también. Una tribulación es un problema que sientes que te está aplastando, que no vas a poder con eso. Y creo que todos aquí nos hemos sentido así alguna vez; si no lo has sentido, es porque estás muy joven, y pronto lo vas a sentir, porque así es vivir en un mundo caído.
Fíjate que Pablo usa la palabra “toda” dos veces en este versículo: “en todas nuestras tribulaciones” y luego “para que podamos consolar a los que están en cualquier aflicción.” Esto significa que hay variedad de aflicciones —familiares, económicas, enfermedad, pérdida de un ser querido, y no paramos de contar. Pero lo más tremendo es que el Señor nos consuela en todas. Si somos honestos, hay veces en que no nos sentimos consolados, decimos que estamos desconsolados, pero Dios nos consuela en todas, incluso en el peor momento de tu vida.
Martín Lutero escribió desde su propia crisis que sintió pruebas tan grandes que creía que nadie más había sufrido algo parecido, y que solo el consuelo de Cristo, a través de la Escritura, fue el remedio. ¿Alguna vez has sentido que nadie entiende lo que estás viviendo? Estabas equivocado, porque cuando el texto dice que Él nos consuela en todas nuestras tribulaciones, significa que hay Alguien que entiende perfectamente lo que estás pasando —y no solo te entiende: está ahí, a tu lado, cuidándote, amándote, protegiéndote. Es cierto que como seres humanos podemos sentir que nadie entiende nuestro dolor; a lo mejor has leído Lamentaciones —su nombre lo dice, es un libro de lamentos— y en Lamentaciones 3 hay un pasaje que dice: “miren y vean si hay dolor como mi dolor”; el que puede consolarnos es el Señor.
D. Un consuelo mediado por Cristo
Acompáñame al versículo 5, porque aquí está la clave: esa consolación viene empaquetada de una manera. Observa: “porque así como los sufrimientos de Cristo son nuestros en abundancia, así también abunda nuestro consuelo por medio de Cristo.” Este versículo es como una bisagra, porque la consolación que recibimos no es consolación genérica. Creo que ese es el problema de no saber qué decir en un funeral: ves a la persona y ¿qué le dices? Cualquier cosa que digas, alguien más ya se lo dijo: “todo va a estar bien”, “ánimo, el Señor está contigo.” ¿Acaso crees que no lo sabe? Claro que sí lo sabe —ese es un consuelo genérico. Pero el consuelo que el Señor nos da tiene nombre, y ese nombre es Cristo. El consuelo que podemos recibir está centrado en Cristo por dos razones.
La primera es que ese consuelo nos llega por medio de la unión con Cristo, y por eso hay un tipo de consuelo de Dios que solo los hijos de Dios pueden recibir. Aquellos que hemos creído en Cristo estamos unidos a Jesús por la fe —lo hemos visto cuando estudiamos Romanos 6: estamos fusionados a Cristo, y por eso todo lo que tiene Cristo es mío. Yo puedo ser fortalecido porque sé que estoy unido a Cristo, porque sé que nadie me puede separar de Él, porque sé que aunque yo muera, Cristo dijo: “porque yo vivo, ustedes también vivirán.” El canto que cantamos al principio, el de las salvaciones del Señor, dice algo tremendo: “aunque vea mi carne perecer” —eso es lo que produce la unión con Cristo. Puedo estar al borde de la muerte y no voy a temer, porque eso solo lo puede producir en nosotros la certeza de que estamos unidos a Jesús.
En otro sentido, el consuelo nos llega por medio de Cristo porque ¿quién mejor para consolar que Alguien que ha padecido los horrores de este mundo caído? Muchas de las cosas que pasamos, las pasamos —lo hemos dicho muchas veces— por nuestra mala cabeza, por malas decisiones; pero también hay aflicciones que no dependieron de ti, que fueron cosas inesperadas que nadie pudo haber anticipado. Y Cristo puede comprender eso perfectamente. No había nadie que mereciera la gloria más que Cristo —¿alguna vez te han dicho “te mereces el cielo” por hacerle un favor a alguien?— pero eso es rotundamente falso; tú y yo no nos merecemos el cielo. El único que sí se lo merecía era Cristo, ¿y qué obtuvo? La muerte y la ira de Dios. Cristo pudo experimentar el dolor más atroz. ¿Recuerdas lo que dijo en la cruz? “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” ¿Sabes para qué? Para que ahora, a ti y a mí, el Padre nunca nos abandone.
Por eso Isaías 66 dice: “como a uno a quien consuela su madre, así los consolaré yo.” No hay consuelo más tierno que el que una madre le da a sus hijos, y Dios nos dice: “así te voy a consolar” —la manera en que te amo, te cuido, me preocupo por ti, es mucho más grande que lo que una madre siente por su hijo. Este no es un consuelo distante, no es un pésame por protocolo, no es un mensaje de texto por educación: es la presencia auténtica de Dios, el tipo de consuelo que solo puede darte alguien que te conoce perfectamente y que sabe lo que necesitas.
Así que, aunque vivimos en medio de tribulación, tenemos un Padre de misericordias y un Dios de toda consolación, cuyo consuelo nos llega por medio de Cristo.
Pero estas son palabras muy bonitas. Lo más interesante es que el autor de esta carta tenía toda la autoridad para hablar de ello.
II. Se conoce en la aflicción (vv. 8-9)
A. Un colapso real, sin maquillaje
Vamos a brincarnos hasta el versículo 8. Lo voy a volver a leer: “porque no queremos que ignoren, hermanos, acerca de nuestra aflicción sufrida en Asia; porque fuimos abrumados sobremanera, más allá de nuestras fuerzas, de modo que hasta perdimos la esperanza de salir con vida. De hecho, dentro de nosotros mismos ya teníamos la sentencia de muerte, a fin de que no confiáramos en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos.”
Pablo no maquilla las cosas. Fíjate cómo dice “nuestra aflicción sufrida” —está enfatizando lo que él pasó. No sabemos exactamente qué fue: algunos piensan que fue un tumulto en Éfeso, que está registrado en el libro de Hechos; otros piensan que fue una enfermedad. No sabemos exactamente. Dice que fueron “abrumados” —¿sabes qué es estar abrumado? Cuando tu mente ya no te da para más, cuando estás totalmente saturado— pero dice “más allá”, es decir, más allá de la capacidad que él pensaba tener. Y luego dice que perdieron toda esperanza de salir con vida: esto describe una profunda desesperación en Pablo.
¿Qué crees que le pasó a Pablo para que, siendo un hombre de fe, siendo un hombre que había caminado con Dios, llegara a este punto de desesperación? Si lees con atención el versículo 9, ves que dentro de él había esta seguridad: “me voy a morir.” Perdieron toda esperanza; habla de una sentencia de muerte, y está usando vocabulario legal: no hay remedio, voy a morir. Pablo no arregla las cosas, no las maquilla. Esto es tan fuerte que, si alguien viera a Pablo así, diría que está deprimido, con una ansiedad crónica: por dentro estaba convencido de que su vida se había acabado.
Lo más interesante es que no sabemos qué le estaba pasando a Pablo —no sabemos si fue persecución, no sabemos si fue enfermedad— y creo que eso es intencional de parte de Dios. Porque si viéramos que fue por causa de una persecución, diríamos “esto es solo para los que son perseguidos por el evangelio, a lo mejor no me aplica a mí.” Pero no: no importa cuál sea la circunstancia, hay momentos en la vida en que sientes que todo se acabó, que no hay esperanza, que no hay salida.
Podemos llegar a pensar que un cristiano maduro es alguien que nunca llora, que siempre está “de victoria en victoria.” Hace muchos años, antes de que yo fuera pastor, conocí a un hermano en una iglesia, y cada vez que le preguntaba “¿cómo estás?” él decía “de gloria en gloria” —y eso está excelente— pero hay momentos donde vas a decir “estoy totalmente derrotado y abatido”, como Pablo lo está diciendo aquí. Y es válido: si lees los Salmos, dicen eso cientos de veces.
B. Dios que resucita a los muertos
Pero observa el final del versículo 9, porque ahí está la clave. La pregunta es: si Dios es Dios, ¿por qué permite que me sienta así? Observa: “a fin de que no confiáramos en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos.” Fíjate el título que usa Pablo aquí: “Dios que resucita a los muertos” —esto es mucho más que un consuelo superficial. Lo que dice Pablo es que en esa aflicción no había nada humanamente posible que lo pudiera ayudar. Se suele decir “mientras hay vida hay esperanza”, pero aquí Pablo dice: “no, yo ya no tenía esperanza, no había nada en mi corazón.” A un muerto, ¿le puedes dar cualquier medicamento y va a responder? ¿Puede hacer algo por ayudarse a sí mismo? No. Y así se sentía Pablo: que estaba muerto, que no había nada que hacer por él.
Creo que hay veces que tenemos que llegar a ese punto, y eso es lo que nos cuesta trabajo entender, porque llegamos a pensar “si le echo más ganas, si me esfuerzo más, voy a salir.” Pero lo que dice Pablo es: no hay nada que yo pudiera hacer por mí mismo; lo que necesitaba era dejar de confiar en mí. Sin duda Pablo lo había pensado: ¿cómo es posible que Pablo, el apóstol, el que ha predicado, el que ha hecho viajes misioneros, llegue a esto? ¿Qué iban a decir de él? Pero no se trata de nosotros, se trata de Dios.
Creo que un problema de nuestras aflicciones es que estamos totalmente enfocados en nosotros mismos: “nadie me comprende”, “mi familia me rechaza.” Ese es un problema centrado en nosotros. Y si hay situaciones en la vida donde dices “no puedo”, de eso se trata justamente: de que nos demos cuenta de que no podemos hacer nada, pero Dios resucita a los muertos. Él tiene todo el poder para levantar a los suyos, para sostenerlos y protegerlos.
Hay un pasaje muy parecido en Romanos 4:17, que habla de la fe de Abraham, quien creyó en Dios, “que da vida a los muertos y llama a las cosas que no son como si fueran.” Ese es el tipo de fe que debemos tener: “yo no me puedo ayudar a mí mismo, no hay nada que hacer, ya recurrí a todas las instancias, pero hay un Dios que resucita a los muertos.” ¿Te acuerdas de la mujer con el flujo de sangre, que tocó el manto de Jesús? Ya había visto a todos los médicos, había gastado todo su dinero. ¿Qué la motivó a ir con Jesús y tocarlo? La fe de creer que Cristo podía sanarla. Eso es lo que necesitamos creer —no que Dios puede “echarnos la mano”, sino que Dios resucita muertos, y que yo, en efecto, soy un hombre muerto que necesita que Él lo resucite.
C. Rompiendo la autosuficiencia
¿Qué está tratando Dios con esto? ¿Quería castigar a Pablo? Imagínate el currículum de Pablo: era un hombre estudiadísimo, sabio, valiente sin duda. ¿Y sabes qué hace Dios con Pablo en este momento? Que él pueda decir “no puedo” y dejar de confiar en sí mismo. Porque mientras a Pablo le quedara una gota de confianza en sus propias capacidades, iba a seguir recurriendo primero a sus propias fuerzas en vez de confiar en Dios, y Dios iba a seguir siendo simplemente su plan B.
El teólogo italiano Giovanni Diodati lo dijo así: el propósito de Dios al llevarnos a estos extremos es enseñarnos a renunciar a la presunción y a toda confianza en los recursos humanos, para poner toda nuestra fe en Él solo. Eso es lo que Dios quiere: que dependamos de Él.
Déjame contarte que, como pastor, muchas veces veo a una persona y digo: “¿qué más puedo hacer por él? Ya hice todo, ya le mandé versículos, ya lo exhorté, casi casi ya le hicimos una liberación, y sigue igual.” Ha habido veces en que digo: “Señor, yo no puedo.” ¿Y sabes qué dice el Señor? “Pues yo sí.” Eso es lo que necesitamos: simplemente decirle al Señor “ya me di cuenta de que no puedo.”
Y esta verdad no es nueva: hace unas semanas, cuando estuvimos en Santiago capítulo 1, la vimos —Dios usa la prueba para producir el carácter de Cristo en nosotros. Aquí es lo mismo, visto desde otro ángulo: aquí no se enfatiza el carácter que Dios está formando, sino que en medio de la prueba Él siempre va a estar contigo, sosteniéndote. ¿Por qué? Porque Dios permite que lleguemos al límite no para destruirnos, sino para enseñarnos a confiar únicamente en Él.
Lo más tremendo es que cuando Pablo está en ese límite, encuentra algo —o más bien, encuentra a Alguien— que es capaz de sostenerlo.
III. La certeza en Dios (v. 10)
A. Pasado, presente y futuro
Acompáñame al versículo 10: “el cual nos libró de tan gran peligro de muerte, y nos librará, y en quien hemos puesto nuestra esperanza de que Él aún nos ha de librar.” Este versículo parece un trabalenguas. Hagamos una prueba de español: ¿en qué tiempo está el primer verbo? “Nos libró” —pasado. Eso ya es historia, está comprobado que Él nos ha librado. A ti, ¿cuántas veces te ha librado el Señor en el pasado?
Fíjate qué absurdos somos a veces. Imagínate que tienes un amigo —¿has jugado alguna vez ese juego de dejarte caer para atrás y que alguien te sostenga? Imagínate que juegas con alguien que te ha sostenido 999 veces: ¿confiarías en él o no? O mira: hoy hay amigos que son nuestro último recurso —a lo mejor te faltan cien pesos, y sabes que hay un amigo que te ha prestado muchísimas veces, y a veces no vamos con él porque nos da pena, “¿cómo le voy a pedir otra vez?” Pero él está ahí, siempre para ti. Aquí nos está diciendo que Él ya nos libró.
¿Y qué sigue diciendo? No dice “chance y nos libre” —dice “y nos librará.” Esto es futuro, es una promesa hacia adelante. Y observa que en medio queda implícito el presente: “en quien hemos puesto nuestra esperanza.” Es decir: si Él te libró en el pasado y te librará en el futuro, hoy… Y sigue diciendo al final: “aún nos librará” —o sea, no importa lo que venga, no importa lo que haya, Él seguirá librándonos. La esperanza de Pablo está arraigada en esto: Dios ya me libró, y Dios me va a librar.
Te voy a poner otro ejemplo: imagínate que yo voy contigo y te pido cien pesos, y te los pago al otro día. ¿Confiarías en mí si te vuelvo a pedir? Imagínate que voy contigo y te pido doscientos pesos, y te los pago al otro día; y un mes después voy y te pido mil pesos, y te los pago al otro día; y tres meses después voy y te pido diez mil pesos. Entonces un día voy contigo y te digo: “oye, tengo una apuración, necesito cien mil pesos, ¿me los puedes prestar?” Y a lo mejor, como ya tengo historial, piensas “este cuate me va a pagar.” Así está nuestra vida, llena de esto, ¿verdad? Y de pronto —a lo mejor por cien mil pesos no— pero de pronto desapareció. ¿Sabes cuál es nuestro problema? Que seguimos pensando en Dios así: “ya me libró en el pasado, ¿pero qué me garantiza que me va a librar en el futuro? ¿Qué me garantiza que no se va a cansar de consolarme, de ayudarme, de estar conmigo?” Porque cuando dudamos del consuelo y de la presencia de Dios, en realidad esa es la pregunta de fondo. ¿Y sabes cuál es la respuesta de la Biblia?
Mira Romanos 8:32: “el que no negó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también, junto con Él, todas las cosas?” Dios ya dio lo más valioso que tenía por ti y por mí. Si ya dio lo más valioso, no va a escatimar en darnos —no lo que quieres, sino lo que necesitas. Este es el Dios de toda consolación, y puede serlo porque ya entregó al límite: su disposición de consolarte no se basa en su estado de ánimo, se basa en la muerte de Cristo. Y si ya te dio lo más valioso, créeme que no hay aflicción demasiado grande ni demasiado pequeña para que estés fuera de su cuidado. Porque si el Padre no escatimó ni a su propio Hijo, debemos tener la seguridad de que su misericordia y su consuelo siempre serán suficientes.
B. Un consuelo que no se queda guardado
Vale la pena volver un momento al versículo 4: Dios nos consuela “para que también nosotros podamos consolar a los que están en cualquier aflicción, con el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios.” Esto lo vamos a ver la próxima semana, no lo vamos a desarrollar hoy. Pero adelanto esto: nuestro problema es que vivimos centrados en nosotros, en nuestras aflicciones, en nuestro dolor. Lo que tenemos que cambiar es esto: tu aflicción y la mía no están centradas en ti. Tú no eres el protagonista de la historia, no eres el héroe de la película; en la película de la eternidad solo hay un héroe. Cuando estés en aflicción, lo que tienes que hacer es confiar en Él y acercarte a otros para consolarlos.
Esa es la idea clave del punto tres: Dios, quien ya te libró, te libra y te librará; por lo tanto tu esperanza no depende de las circunstancias, sino de que Dios seguirá siendo fiel.
Conclusión
A. Resumen
Vimos tres puntos: primero, que el Dios de toda consolación nos consuela, y que esto no es una idea abstracta, sino que nos bendice con su presencia. También vimos que Él permite que lleguemos al límite no para destruirnos, sino para enseñarnos a confiar solamente en Él. Y que si Él nos libró en el pasado, nos librará en el presente y en el futuro.
B. Conexión con el evangelio
Alguien podría decir: “ya me libró en el pasado, ¿pero qué me garantiza que me va a librar en el futuro? ¿Qué me garantiza que no se va a cansar de consolarme?” La respuesta está en Romanos 8:32: el que no negó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también, junto con Él, todas las cosas? Dios ya dio lo más valioso que tenía, y si ya te dio eso, no hay aflicción, grande o pequeña, que quede fuera de su cuidado.
C. Aplicaciones
Si estás en medio de la aflicción, creo que lo primero que necesitas es identificar cuál es tu aflicción, porque muchas veces simplemente decimos “estoy viviendo cosas difíciles”, y tenemos que visualizar cuál es esa cosa difícil para aprender a llevarla a Dios en oración.
También tenemos que identificar aquello en lo que estamos confiando, porque sin duda Dios sigue siendo, muchas veces, nuestro plan B. Tienes que darte cuenta cuál era tu plan A y destruirlo: ¿en qué estabas confiando? ¿En tu sabiduría, en que puedes conseguir dinero, en que eres fuerte, en que eres joven, en que eres inteligente, en tu familia, en tus recursos, en tus contactos? Haz de Dios tu plan A; identifica aquello que le roba el foco.
Creo que algo que debemos ejercitar es recordar cómo Dios nos sostuvo en el pasado. Sería muy valioso llevar un registro de cómo Dios te sostuvo antes —de hecho, en los grupos en casa vamos a pedirles esto: busquen una liberación gloriosa, algo con lo que Dios los haya rescatado en el pasado, y compártanla.
Pero si no estás pasando aflicciones ahora, lo que necesitas es ejercitarte para recordar constantemente lo que Dios ya hizo por ti: Él dio a su Hijo. Repítelo todos los días: “Él entregó a su Hijo por mí, no me negará nada de lo que necesito.” Y recuerda también toda la gracia y los consuelos pequeños que ya te ha dado: cómo te sostuvo en la enfermedad, cómo no te dejó. Recuérdalo. Y si no estás en aflicción en este momento —eso lo vamos a ver la siguiente semana— busca a alguien que sí lo esté. Eso es lo más glorioso de la iglesia, y de los grupos en casa: escuchas a alguien y dices “yo estaba igualito hace tres años, ¿le ha pasado? Yo ya lo pasé.” ¿Y sabes para qué el Señor permite que tú pasaras eso? Para que en ese momento le digas: “ahí donde tú estás, yo estuve, y vi la gracia de Dios, y Él me sostuvo y me sacó adelante.” Compártelo.
A lo mejor tú estás aquí escuchando y no has puesto tu fe en Jesús. Mira: la vida va a hacer que busques consuelo, y puedes encontrarlo en muchos lugares —en buenos amigos, pero también en mujeres, en el trabajo, en sustancias. No importa dónde busques consuelo: todo te va a fallar. El único que nunca falla es Cristo. Te invito a que vengas a Él y creas en Él.
D. Llamado final
Iglesia: nosotros no somos gente que finge que el dolor no existe. Somos personas a quienes Dios ha llevado a la aflicción, y ahí hemos conocido que Dios es el Dios de toda consolación. La semana que viene veremos qué es lo que tenemos que hacer con ese consuelo, para compartirlo con otros. Pero hoy simplemente quisiera terminar diciendo: bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación.
Oración final
Señor, te rogamos que seas propicio a nosotros y nos dejes ver tu gracia, tu amor, tu disposición de amar, de sostener, de cuidarnos —no porque lo merezcamos, sino porque tú has querido hacerlo, porque tú quisiste amarnos. Señor, tú conoces nuestras aflicciones, y tú sabes si hay algún hermano, algún amigo entre nosotros que necesita específicamente tu consuelo; si quizá hay alguien que se ha sentido solo, o como Pablo, al borde de la muerte. Te ruego que le manifiestes que lo amas, y que si ya entregaste a Cristo para salvarlo, no le negarás lo que necesita; que estás a su lado, sosteniéndolo y amándolo. Demuéstrale, Señor, que pueda percibir tu presencia y tu consuelo. Te lo ruego, Señor, en el nombre de Jesús. Amén.